Susanavinuela

El cuento de la felicidad

Solemos reconocer los momentos difíciles al instante. Cuando la vida nos la juega, somos conscientes de ello inmediatamente, y nos retorcemos emocionalmente ante el golpe de dolor.

La felicidad, en cambio, y a pesar de ser su antagonista, tiene una naturaleza muy distinta. Aunque los gurús de la autoayuda insistan en que está en tu mano, no es tan sencillo hallarla. Se precisan unos requisitos básicos (si se pasa hambre o no se tiene un techo, por ejemplo, difícilmente se puede ser feliz). Y aun con estos mínimos cubiertos, a veces el bienestar pasa desapercibido. No son raras las ocasiones en que la aparición de un problema nos hace añorar momentos anteriores; es cuando uno está lesionado que desea simplemente poder andar; o cuando le falta alguien que se arrepiente de no haber pasado más tiempo con esa persona.

Pero, a veces, la vida te premia con épocas de plenitud. No son muchas, quizás por aquello de que hay que saber lo que es el mal para reconocer el bien. Pero, de repente, y cuando menos te lo esperas, empieza una etapa en que se tiene la fortuna de ser completamente feliz, y, lo mejor de todo, de ser consciente de ello. Entonces, la sonrisa se dibuja en tu cara con pintura permanente, y hasta las tareas más tediosas te parecen interesantes. El bienestar te inunda de tal modo, que tienes ganas de gritárselo al mundo. “¡Soy feliz!, ¿No lo ves? ¡Feliz!”. Claro, que al mundo, tres narices que le importa; suficiente tiene él con lo suyo.

Por supuesto, uno sabe cuál es el origen de tal alegría, por qué ha renacido esa ilusión. En estos casos  lo mejor es aferrarse fuerte… Y disfrutar del cuento.