Susanavinuela

El hombre de mi vida

Aún recuerdo cuando el dueño de un taller, en clave de complicidad macho-alfa y conmigo delante, le dijo a mi padre: «Es que las mujeres no entienden de mecánica». «Ni muchos hombres, tampoco», le respondió. Según Peter Griffin, esto sería un ‘¡Zas! ¡En toda la boca!’ en toda regla. Y como tal lo percibió también el mecánico en cuestión, quien cerró el pico, y siguió con sus cosas. Yo no cabía en mi camisa de tanto orgullo.

Mi padre es el primer hombre feminista que conocí. Muy avanzado a su tiempo, es una rara avis, una de esas personas especiales que merece la pena conocer. Su cabeza no le sirve solo para lucir una melena envidiable. Inteligente como pocos, es el claro ejemplo de que la juventud es una cuestión de mentalidad. Su curiosidad por las cosas no ha mermado con los años; y, lejos de quedarse añorando tiempos pasados, disfruta del progreso y de sus beneficios. No en balde, a sus 63 años, y sin formación universitaria, es el mejor informático del mundo. Alguno pensará que no soy objetiva; pero, creedme, lo es.

A pesar de sus capacidades fuera de lo común, es humilde, reservado. De naturaleza prudente y silenciosa, mientras los demás hablan, él escucha, atento, reflexionando, sacando sus conclusiones. Una discreción respetuosa, pero valiente. Porque su carácter luchador no le permite callar ante las injusticias. Muchos más como él harían de esta sociedad un lugar mejor. Fiel a sus valores, de mi padre he aprendido lo que la palabra «dignidad» significa. Y «principios«. Y «amor«. Porque si algo ha hecho, desde siempre, es quererme. Sin condiciones. Sin límites. Como nunca nadie me querrá.

Es, sin lugar a dudas, el hombre de mi vida. Te quiero, papá.