Susanavinuela

No es ciudad para muletas

Busco el cartel de escaleras mecánicas con cierto desespero, pero no existe. Suspirando, empiezo la ascensión.

Desde hace unas semanas, soy una mujer a unas muletas pegada. Quien se haya visto en una de estas, sabe lo que significa. Unas escaleras son todo un desafío, quehaceres cotidianos, una misión casi imposible, y los trayectos habituales, una carrera de fondo. La movilidad se queda reducida a la mitad, y en estos momentos en que conducir se torna imposible, los transportes públicos son la única solución para el día a día. Lamentablemente, Madrid no es ciudad para personas con este tipo de problemas. Muchas estaciones de Metro carecen de escaleras mecánicas (por no hablar de los ascensores), las puertas de fácil apertura brillan por su ausencia, moverse en autobús es poco menos que una odisea, y si no fuese por la amabilidad de la gente, algunas situaciones como atravesar los tornos del suburbano serían imposibles.

Si uno echa un ojo a la web de Metro de Madrid, llega a la conclusión de que las estaciones con accesibilidad son bastantes. Obviando el hecho de que no deberían ser muchas, sino todas las paradas adaptadas para las personas con movilidad reducida, la cosa tiene aún más inri. Y es que muchas veces hay ascensor, pero no funciona (sin ir más lejos, ayer mismo el de Guzmán El Bueno); o, aunque el elevador te deje en el vestíbulo, para llegar a tu vía te topas con tramos que no tienen ni escaleras mecánicas… El listado de obstáculos puede ser infinito.

Hace unos años, ya denuncié lo poco pensadas que están nuestras calles para los discapacitados en un reportaje para ‘Auto Bild España’ (finalista del Premio Periodístico de Seguridad Vial Línea Directa). En él, se recordaba que (por razones obvias), las personas con movilidad reducida necesitan más, si cabe, los servicios de los medios de transporte públicos. Verme ligeramente en su piel (no se puede comparar ir en muletas a estar en sillas de ruedas) y de un modo temporal me ha traído sus problemas de nuevo a la cabeza. Y, lo que es peor, he comprobado en mis carnes que la cosa no ha mejorado demasiado, lo que recluye a miles de personas en sus casas.

La invisibilidad de las personas con movilidad reducida se debe, en gran parte, a que el urbanismo de algunas ciudades las encarcela en su propio hogar. O, lo que es lo mismo: si no vemos a más personas en silla de ruedas por la calle es porque no salen, tal y como me señalaba en su día Juan Antonio Martínez, coordinador de Aesleme (Asociación para el Estudio de la Médula Espinal). Y es que no son pocos los afectados por este problema. Al año, cerca de 1.000 personas sufren algún tipo de lesión medular. Una cifra que va creciendo, y ciudades como Madrid (intuyo que no es la única) no les facilitan la vida. Bordillos sin rebajar, medios de transporte no aptos, escasas plazas de aparcamiento pensadas para ellos…

Ya fuera del Metro, emprendo mi lento camino hacia casa. Mientras llego, me pregunto cuándo pondrán un ascensor en mi parada…