Susanavinuela

Nada más sexy que un hombre feminista

Pongámonos en antecedentes. El fin de semana pasado, unos aficionados profirieron cánticos proviolencia machista en el estadio del Betis. No voy a comentar la noticia, que lleva toda la semana generando ríos de tinta electrónica. De hecho, no voy ni a meterme con esos malnacidos. Tampoco voy a atacar a los energúmenos que arropan a Rubén Castro, y se hacen fotos con este supuesto maltratador, como si de un héroe se tratara; ni al club, que ha cargado contra Arguiñano por llamarle «maltratador» en lugar de contra los apologistas de la violencia. Ni siquiera voy a perder el tiempo con aquellos que no hicieron ni hacen nada (sí; la connivencia también es reprochable. Como dijo Martin Luther King, «Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos«).

No merecen la pena. Ni siquiera un mínimo insultito. Que el odio, más odio genera, y no está una para alteraciones. Yo, la mujer ‘anti autoayuda’ por excelencia, he decidido contener mi ira y acogerme a la cultura del pensamiento positivo. Del sí se puede. Del así, sí.

Voy a aplaudir la grandeza de esos hombres feministas que saltaron como resortes ante tamaña afrenta. Que clamaron justicia. Que se mojaron. Que se mojan. Que, día a día, demuestran su amor por las mujeres. Que nos quieren libres. Que luchan por nuestros derechos. Por una igualdad real.

Daniel Craig en el papel de Mikael Blomkvist (Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres). Me ponen dos, por favor.

Daniel Craig es Mikael Blomkvist, un periodista feminista, en ‘Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres‘. Póngame dos, por favor.

 

Lo mínimo que se merecen es un «gracias» por apoyarnos en entornos en que declararse feminista es sinónimo de afrenta. Una alabanza. Que se subrayen sus múltiples virtudes. Entre otras, lo sexis que nos resultan a las chicas. Porque su lista de cualidades es eterna; son más inteligentes, tienen una mayor capacidad empática, son más sensibles, más nobles… Pero, por encima de todo, planea esa sensualidad especial, ese ay, me encanta. Admitámoslo: nos ponen más. Porque hay que  follarse a las mentes, y hay determinadas cabezas que no es que no exciten; es que no nos despiertan ni de una siesta.

Imaginemos a ese macho alfa, orgulloso de pertenecer a la manada, fanático de su equipo de fútbol. Esa institución por la que está dispuesto a insultar. A humillar públicamente a una mujer. ¿Quién es una maltratada? «Una puta. Como todas. Todas putas. Porque ahora, hasta las niñas de 12 años son unas guarras. Que pretenden salir, conocer gente. Ser libres. A ver si se va a encontrar a uno mejor que yo».

Uf, qué pereza. Nada menos deseable que yacer junto a alguien así. ¿Qué tipo de placer van a buscar, más allá del de alimentar su ego fálico? En las antípodas, el hombre feminista. Seguro de sí mismo, nos respeta. No le da miedo nuestra liberad. No nos coarta. Conecta. Su mera imagen hace subir la bilirrubina de cualquiera.  Y es que no hay nada más morboso que un hombre valiente.

Así que, chicos, va por vosotros:

«Cómo no os vamos a querer, cómo no os vamos a querer,
si nos tratasteis como personas por primera vez…»
(Efectivamente, la poesía nunca fue mi fuerte…).

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