Susanavinuela

Los dos muros del corredor de maratón

Kilómetro uno, 16, 25, todo correcto. Pero, llegando al 38, ay, ay, ayyyy, ahí es donde te puede estar esperando, temido muro, alto como una montaña, interminable, plagado de espinas para que ni con la ayuda de las manos puedas dejarlo atrás. Aha, maldito, con quién te crees que estás tratando, no me he pasado meses entrenando y sufriendo para que ahora vengas tú a decirme si puedo o no llegar a meta. Voy a terminar lo que he empezado, te voy a demostrar quién manda aquí. Un paso, otro, y otro más. Medalla de finisher al cuello, piernas de madera, pero aura de vencedor. Ojo, no seas crédulo.  Porque, cuando llegues al final, feliz, sintiéndote destrozado pero triunfal, aún no habrá terminado tu lucha.

Prepararse un maratón es un proceso largo y trabajoso que se convierte en el objetivo por el que luchar durante unos meses, una obsesión que puede tener cinco daños colaterales, y que durante un tiempo es el eje central de cada decisión de tu día a día. No como esto, que me vendrá mal; no intento esta actividad, no sea que me lesione, y a falta de unos días, qué desgracia; no salgo por la noche, que he de descansar, y así, hasta el infinito y más allá. Cruzar la línea de meta te llena (y no solo de orgullo y satisfacción); por fin lo has logrado, el esfuerzo ha tenido su recompensa. Pero, a su vez y de repente, tu vida deportiva se vacía de objetivos.

 

El muro del corredor de fondo

¡Hola, soy tu muro! (Fotograma de ‘Corre, gordo, corre’)

 

Por delante tengo ahora semanas sin entrenamientos serios (hola soy Descanso y estoy aquí para que no te rompas). Tardes sin series, sin cambios de ritmo, sin cuestas, sin tiradas largas. Como encima haya hecho acto de presencia algún dolorcillo, la desesperación se materializará en cuestión de segundos (porque nuestra capacidad de sufrimiento es inversamente proporcional a nuestra paciencia durante el reposo obligatorio). Así que, mientras cruzo los dedos para que esa molestia en la rodilla no sea nada grave (lo que me gusta un drama), me pregunto, y ahora, ¿qué?

Trato de animarme. En el horizonte vislumbro otro reto, otra ilusión. ¿Barcelona en 2015? ¿Podré hacerme con un dorsal para Berlín? Pero, aunque hago cábalas con las fechas y plazos para ver si, en vez de uno, el año que viene puedo correr dos maratones, no dejo de tener presente que ahora me toca superar un nuevo obstáculo. El del bajón post maratón, el del vacío que su ausencia deja, el que por un tiempo me impide seguir con la rutina que me gusta, y por el que he de pasar si quiero ser capaz de reencontrare de nuevo con Maratón. Un mesecillo en dique seco. El segundo muro del corredor de maratón se presenta ante mí. Habrá que hacer lo que se pueda por saltarlo.

Ay, qué dura es la vida del corredor de fondo…