Susanavinuela

NYC Marathon 2014: morir de emoción

Muchas horas después, frente al muro del maratón, había de recordar el mensaje que le había mandado a mis padres. Aquella noche había estado marcada por la emoción. Aunque la alarma estaba programada para las 5:15 am, me desperté unos minutos antes. Cogí el móvil. En España ya había amanecido hacía un rato. Respondí a las distintas muestras de apoyo que me habían ido llegando durante la noche, y escribí a mi familia. «No os preocupéis. Si me siento mal, me retiraré. Os quiero mucho». Me vestí corriendo, y empecé mi periplo hacia la salida de la NYC Marathon 2014.

Cortar el tráfico en una ciudad como Nueva York es complicado. El arranque del maratón tiene lugar en Staten Island, una isla en el Océano Atlántico que se conecta con la ciudad a través del puente Verrazano (el mismo que los maratonistas tendrán que recorrer una vez empiece su aventura). Para llegar a la ínsula, hay que ir en ferry o en alguno de los autobuses que la organización pone a disposición de los corredores. Y en una megaurbe como la Gran Manzana, el simple hecho de subirse a estos medios de transporte ya puede suponer un tiempo. Una vez en Staten Island, hay que esperar en la isla, fácilmente, un par de horas hasta que llegue tu turno para salir (este año, hubo un total de cuatro pistoletazos). De madrugada, cerca del mar  y en noviembre, hace mucho frío. Y aunque se vaya muy arropado, hay que dejar la mochila en el guardarropa una hora y media antes de empezar la carrera; por ello, la mayoría de lo corredores se abrigan con prendas viejas, que se quitarán justo al empezar y que serán recogidas por alguna organización benéfica.

Minutos antes de la salida de la TCS NYC Marathon 2014

Minutos antes de la salida de la TCS NYC Marathon 2014

Pero, a pesar de las bajas temperaturas (no superaron los 6º C), y de que me había despojado de las prendas viejas que llevaba, yo ya no sentía frío. Oí «Susana is da house!«. Nada más cruzar el famoso Verrazano-Narrows Bridge y poner el primer pie en Brooklyn, la animación del NYC Marathon 2014 comenzó de forma personalizada. Llevar mi nombre escrito en la camiseta (gran idea que me dieron unos amigos) estaba siendo muy efectivo.

Los ánimos me arrullaban, me llevaban en volandas. Hasta hacía unos minutos, no pretendía lograr ninguna marca, pero, qué demonios, me sentía muy fuerte. ¿Por qué no intentar las 3h 40′ que hice en Madrid en 2011? Las voces que coreaban mi nombre me volvían invencible. Chocaba todas las manos que me lo pedían, saludaba a diestro y siniestro, gritaba con la masa. Y, haciendo caso a los cantos de sirena de la emoción, que en aquel momento se había apoderado de mis piernas, me marqué un ritmo de entre 5’05» y 5’15» el kilómetro, y decidí ir a por ello.

Los kilómetros pasaban como si nada. ¿Este es el 10? ¿De verdad que he llegado al 15? Ya estaba en Queens, y mis fuerzas seguían intactas. De hecho, me molestaba que, a pesar de llevar un tiempo en marcha, aún hubiese muchos corredores a mi alrededor que, de vez en cuando, rompían mi ritmo de carrera. Pasé por la  media maratón en 1h 51′. Me sentía pletórica, y aunque frente a mí surgía el temido Queensborough Bridge (de casi 3 millas de largo; es decir, unos 5 kilómetros, y con un desnivel importante), decidí apretar.

Los puentes son zonas complicadas; en ellos, no hay animación, y suponen la mayor parte del desnivel de la carrera (ya que son altos, para que los barcos puedan pasar por debajo). Si en el de Verrazano todo eran sonrisas, en el de Queensborough la atmósfera había cambiado. Solo se escuchaban los pasos de los corredores, y algunos ya se paraban para estirar. Pero yo, lejos de asustarme, me notaba sobreexcitada. Quería animar a los demás, gritarles. Subí el ritmo.

Al terminar el puente, 5 kilómetros después, el espectáculo fue brutal. La 1st Avenue es una avenida amplísima de 5 millas de longitud (unos 8 kilómetros), ligeramente en cuesta. A ambos lados, una multitud que se amontonaba hasta en ocho filas bramaba. Cuando iba por uno de los laterales, les oía gritar mi nombre. Mis piernas habían sufrido un cambio notable, ya no eran tan livianas. Me tomé el segundo gel energético, y confié en mis capacidades. Vamos, Susana, vamos.

Miré el GPS. Kilómetro 32. Las fuerzas eran cada vez más escasas, pero nada preocupante. Solo me quedaban 10 kilómetros, me decía a mí misma. Y 10 kilómetros no son nada. Es la distancia mínima que había realizado en cualquier entrenamiento. Es el recorrido de una carrera popular. Y yo ya había terminado otras maratones, esa sensación era normal. Vamos, Susana, vamos.

Llegar al Bronx no me hizo la ilusión que esperaba. Cada vez me notaba más débil, pero me repetía como un mantra los pocos kilómetros que me quedaban. «Solo nueve». «Solo ocho». Cada pocos metros, consultaba al GPS. Estaba más cansada, y había bajado ligeramente el ritmo, pero seguía en tiempo para entrar en 3h 40′. El nivel de animación no había disminuido un ápice (de hecho, incluso se incrementaba), pero ya no tenía el mismo efecto sobre mí. Aun así, seguía saludando ante el sonido de mi nombre. Vamos, Susana, vamos.

Manhattan. El último de los distritos, el final estaba cerca. Y de repente, la Quinta Avenida. Una cuesta arriba que comencé a recorrer con esperanza, sin aún ser consciente de lo que me esperaba. Según iba rodeando Central Park, la calle se hacía más larga. Eterna. Imposible. A mi lado, mucha gente se paraba y empezaba a caminar. Yo me negaba a imitarlos. No me quiero parar, no voy a parar. Pero mis cuádriceps eran una piedra dolorosa, a mis rodillas les habían salido astillas, y cada paso me escocía. Oí mi nombre, pero no tuve fuerzas ni para inclinar la mano. Ahí estaba, de repente, él. Un muro de tres millas se interponía entre la meta y yo. Decidí dejar de escuchar los ánimos de la multitud (a esa altura de la carrera, el ruido de la masa era ensordecedor). Encendí mi música, en busca de un ritmo que me mantuviese viva. Björk chillaba ‘Declare Independence‘, y yo solo podía pensar en mi familia. En mis amigos. Me estaban siguiendo en tiempo real. «Declare Independence!«. Sabía que me estaban apoyando. «Don’t let them do that to you!». Había prometido pararme si me sentía mal. «Declare Independence!«. Pero no estando tan cerca del final. No tras cien días de soledad, de la soledad del corredor de fondo que se siente entrenando. No te rindas. Vamos, Susana, vamos.

Entré en Central Park. Me sentía al límite de mis fuerzas, y buscaba formas de evadirme. Traté de animarme pensando en la llegada, pero me puse tan nerviosa que me dio lo que creo que fue un ataque de ansiedad y me costó respirar. Me asusté. «Se me está yendo la cabeza». Cogí aire, conseguí controlarme, pero no me paré. La llegada estaba ahí. Solo 800 metros. Vamos, Susana, vamos. Crucé la línea de meta. 3h 48′ 36». Y, en ese momento, rompí a llorar. Era finisher de la TCS NYC Marathon 2014.

Este sería el final perfecto. Pero hay uno mejor. Al volver a España, en el aeropuerto, mi familia me estaba esperando con un cartelito que tenía escrita mi marca. Mi padre, emocionado, lloró al verme. A lo largo de toda mi vida, frente a cualquier cosa, habré de recordar esto.

Mi medalla de la TCS NYC Marathon 2014

Mi medalla de la TCS NYC Marathon 2014

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