Susanavinuela

También la lluvia

Drop. Drop. Drop. Llueve.

Siempre me ha gustado entrenar con mal tiempo. No quiero rayos ni centellas, pero correr bajo el agua me hace sentir bien. Mientras que a muchos los recluye, a mí la lluvia me incita a salir. Recuerdo que, siendo una cría, mi entrenador, Manolo (más conocido como El Abuelo), nos enseñó el «truco del fondero», como él lo llamó. «Adelantaos un poco, y cuando pasen los veloceros, hacedlo».

Los velocistas siempre se llevaban la mejor parte del pastel. El espectáculo, los aplausos, la admiración. En las competiciones de pista eran los reyes. Entre semana, mientras ellos se quedaban en el tartán entrenando, nosotros salíamos a correr por la dehesa, sin espectadores, solos con nuestro esfuerzo. Pero, un día de lluvia, se vinieron a rodar. Y fueron nuestros.

«Si veis un charco, pisadlo con toda la fuerza posible», susurró El Abuelo a sus pequeños amantes de la larga distancia. ¡Splash! La magia (que más tarde descubrí que era Física) hizo que nuestros pies siguiesen secos, y que nuestros compañeros acabasen empapados. Qué más podía desear una niña. Ahora, solo quedaba huir de ellos; había muchos más charcos…

El buen sabor de boca de aquel día se mantuvo con los años. Querer salir a la calle cuando los demás prefieren resguardarse te hace sentir valiente. Mi pequeño placer tontorrón; uno de tantos.

Hace unos meses, llegó la condromalacia. Y después, la nieve. Y el esguince. Y el reposo.

Un grupo de corredores pasa delante de mí. El semáforo para peatones empieza a parpadear; mientras ellos aceleran, yo paro mi andar cojeante, y espero a que vuelva a ponerse en verde. Una gota me cae en la mejilla. Está empezando a chispear. Sus camisetas flúor y zapatillas se van alejando, y yo decido darme la vuelta.

También la lluvia, pienso.